FUENTE: DIARIO NORTE
La revolución tecnológica ha multiplicado casi hasta el infinito los instrumentos de comunicación entre los seres humanos. El sonido y la imagen ejercen un predominio linguüistico casi absoluto, mientras se opaca el ejercicio del mensaje escrito y la lectura, considerado con justa razón la expresión más alta del desarrollo de la civilización humana.
Ante esa situación es habitual que niños, adolescentes, jóvenes y aún adultos, enceguecidos por los adelantos tecnológicos y transformados en nuevos analfabetos funcionales, formulen insistentemente preguntas como porqué y para qué leer. Al celebrarse hoy el Día Nacional del Libro es pertinente buscar la respuesta a esa preguntas en nuestra propia historia.
En medio de la desolación, la pobreza y las ruinas de la guerra de independencia, el 26 de mayo de 1816, el gobierno de la Patria Vieja inauguró la primera Biblioteca Pública en Montevideo, revelando la trascendencia estratégica que Artigas confería a la educación y la lectura en la formación de la libertad y la nación. Larrañaga, su primer director, definió en su discurso inaugural a la biblioteca y a los libros, como la asamblea permanente de los sabios de todos los tiempos y de todo el mundo, puesta al servicio del proyecto artiguista: "Los jóvenes deben recibir un influjo favorable en su educación para que sean virtuosos y útiles a su país" como escribió Artigas en ocasión de reabrir la la única escuela pública, en 1815.
Ratificando aquellos principios, días después de recibir la noticia de la inauguración de la biblioteca, Artigas, desde la sede de su gobierno en Purificación sobre la orilla oriental del río Uruguay, levanta el paradigma aún vigente, en forma de santo y seña del pueblo en armas: "Sean los orientales tan ilustrados como valientes".
Casi un siglo después, otro de los constructores del Uruguay Moderno decía: "(...) El libro es el maestro libre que explora fuera de todo preestablecido molde, las direcciones posibles del alma human, rompiéndola uniformidad inevitable de la enseñanza oficial, forzosamente canalizada en sentidos determinados. Su diario contacto dilata el campo mental, proporciona nuevos puntos de vista y es doblemente útil: por lo que enseña y por lo que sugiere. Las Bibliotecas Públicas, gratuitas y circulantes, pondrán el libro en manos del pueblo, sacándolo de los inmóviles anaqueles para llevarlos al seno mismo del hogar como un nuevo factor, siempre renovado, de perfeccionamiento intelectual y mora. Leibnitz decía que "con la educaciones puede, en cien años, transformar un pueblo". Por absoluto que sea este optimismo a plazo fijo, nadie puede negar los beneficios de la educación, en todos sus aspectos." Parte del mensaje que acompañó el proyecto de ley de creación de Bibliotecas Públicas en todas las capitales departamentales, remitido por el Ministro entonces de Instrucción Pública, Baltasar Brum en julio de 1913, en la segunda Presidencia de José Batlle y Ordóñez.
Pero la necesidad de leer está prácticamente en el centro de la cultura contemporánea. En el Manifiesto por la lectura, emitido por la 2ª. Jornada de reflexión sobre la lectura, realizada en Cuenca, España, el pasado 22 abril se sostiene: "Es verdad que los hombres se han quejado siempre de las inclemencias del tiempo, pero sólo hoy podemos hablar de cambio climático. Es verdad que ya Cicerón se lamentaba de la escasa pasión por la lectura de los jóvenes romanos, pero sólo hoy podemos hablar de un cambio de paradigma. Instrumento de dominio y de liberación, la escritura está en peligro como lugar de construcción y decisión de los destinos humanos. Algunos datos sumarios así lo expresan. Mientras aumenta el número de títulos y las cifras de ventas, disminuye el de lectores efectivos. Mientras se mantiene el analfabetismo real en los países pobres, aumenta el analfabetismo funcional en los países ricos".
El drama de la lectura golpea lo más tierno de esta humanidad en marcha. "Mientras se multiplican los medios tecnológicos de registro y archivo de la humanidad, flaquea y agoniza la memoria individual de los humanos. Pocos somos capaces ya de recordar un poema, una canción, una cita de memoria; pocos somos capaces de recordar -como un fuego vivo bajo nuestros pies- los acontecimientos más recientes: la caída del muro de Berlín es para las nuevas generaciones tan antigua, tan inexpresiva, tan irrelevante, como la caída de Roma; incluso la invasión de Iraq es tan remota y está tan desprovista de sentido como la conquista de Granada o las Cruzadas. La Historia ha desaparecido en el instantáneo y sucesivo consumo de imágenes muy intensas, muy solubles, que no dejan más rastro que el apetito de una imagen nueva, de una visualidad ininterrumpida: la mirada se ha convertido en una extensión del sistema digestivo. En estas condiciones, los libros no hace falta ni quemarlos: se descatalogan solos a medida que salen de la imprenta. En estas condiciones, los libros -pobrecitos- no pueden denfenderse a sí mismos. En la mitad pobre del mundo son inalcanzables; en la mitad rica se distinguen ya mal de una chocolatina o de un electrodoméstico. Si queremos salvarlos -junto a los elefantes, los glaciares y los niños- habrá, por tanto, que cuestionarse el modelo en su conjunto" se afirma en el referido manifiesto.
Tal como ocurre con la generación del 68 que aspiró a cambiar el mundo, las generaciones actuales tan solo quieren conservarlo, bregando, bajo el eufemismo de la pluralidad y la diversidad, a no ser molestado, dejándolos vivir. "La lectura puede cambiar el mundo, pero hoy casi nos conformaríamos con conservarlo, (...) La vida, decía Kafka, es un enigma del que hemos olvidado la clave. Los libros, al contrario, son claves -llaves- cuyo enigma no hemos localizado todavía ".
El problema, al menos en Uruguay y en Rivera, no es disminuir la brecha digital, sino disminuir la brecha que sigue profundizándose entre quienes leen, crecen y disfrutan del conocimiento, la literatura y el alma humana, y las grandes mayorías transformadas en consumidores pasivos de una cultura bárbara, que levanta como emblema los fetiches tecnológicos, el sonido y la imagen. Es evidente que podemos decir que la computadora ha suprimido la máquina de escribir, pero no que Google y la Encarta han suprimido a Simoes, Bisio, Javier de Viana, Hernández, García Marque, Balzac, Victor Hugo, Cervantes, Schakespeare, Dickens, Eistein, Marx, Fromm, Freud, Descartes, la Biblia y tantos otros productos inmortales de la escritura y la cultura de los libros.