"Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir".Gregorio MarañónHasta hace uno días no más, aunque parezca una eternidad, el país entero gritaba al cielo pidiendo agua invocando a los dioses, a los hombres, a los gobernantes, a la madre naturaleza. No había agua ni para tomar. El purgatorio anunciando la evidencia del infierno.
Vinieron las lluvias, el otoño y la naturaleza retomó sus mejores colores. Los sedientos se hartaron y hay un casi clima de fiesta. Más de tres mil de las mejores vaquillonas holando uruguayo, sobrevivientes de la sequía, iniciaron un viaje prenupcial sin retorno de veinte mil kilómetros hacia el país de la Gran Muralla.
Las grandes mayorías sonríen con un ojo, y con el otro, observan con preocupación el exceso de agua, las inundaciones torrenciales. Rocha hace señales mientras en este norte lejano recordamos el cincuentenario de las inundaciones de abril del 59 y celebramos la solidaridad emblemática de las Brigadas Civiles.
No se termina de salir de la sequía cuando ya se anuncia las sombras de las inundaciones oteando el horizonte. Aunque los problemas del agua son históricamente recurrente, sus extremos siempre sorprenden. No aprendemos de la experiencia. Dormimos alegremente sobre los laureles victoriosos de la última tragedia, olvidando el anuncio de la sentencia del sabio Marañón: "Descansar, es empezar a morir".
Inmersos en los problemas cotidianos y en el juego de la política electoral, enceguecidos por el árbol, ciegos al bosque, se minimizan y postergan iniciativas que sin duda podrán cambiar el curso de los acontecimientos.
Aún parece que los uruguayos y sus dirigentes no han caído en la cuenta que el mayor recurso natural disponible en este rincón de 177 mil kilómetros es, precisamente, el agua. Más importante que la tierra y toda la fauna y flora que vive su superficie; más importante que el petróleo, los minerales. El agua dulce transforma el desierto en tierra fértil. No sólo está en el origen de la vida, sino que es la vida misma. Su ausencia es la muerte.
Si el objetivo central es el ser humano y la naturaleza, partes de un mismo todo, es imprescindible elevar el tema del agua, a la más alta consideración. Su preservación y gestión racional y responsable no puede estar circunscripta a una empresa pública como OSE ni considerarse un mero servicio público.
La cuestión es de todos y por lo tanto, asunto esencialmente público y estratégico para la consolidación y desarrollo de la Nación, entendida ésta como la comunidad de seres humanos, territorio, y naturaleza, inscripta en un espacio y tiempo histórico preciso y predeterminado.
El agua no fue ni deberá ser propiedad privada, y mucho menos mercancía sujeta al libre arbitrio del mercado. Es de todos los ciudadanos; de las sociedades política y civil organizadas e impulsadas por el común objetivo de calificar la Vida a través de la administración responsable del Agua.
En este marco, adquieren particular significación algunas de las iniciativas surgidas, precisamente, acá, en esta norteña Rivera, lejana y árida en las miradas ajenas. Recientemente, un grupo político sin significación electoral, allí en la humilde barriada de Santa Isabel, levantó como bandera programática la institucionalización del Ministerio del Agua, aún antes que se produjera la sequía que acarreó tantas preocupaciones.
Y ya en el contexto de la sequía, el propio Intendente Tabaré Viera, planteó en el Congreso Nacional de Intendentes y en las más importantes instancias del Poder Ejecutivo la constitución del Foro Nacional del Agua para diseñar, de una vez por todas, las políticas de Estado que racionalicen su uso.
Es evidente que a esta altura del desarrollo de la civilización, del conocimiento y de las nuevas tecnologías es imprescindible prever tanto la falta como los excesos. La cuestión es muy seria como para dejarla en manos del azar, o en manos de un pequeño núcleo de burócratas y técnicos, como ocurre hasta el momento.
No es casual que éstas iniciativas comentadas salgan, como otras, de Rivera. Si bien es un departamento mediterráneo, tiene el privilegio de contar con el acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Una red hídrica natural importante surca en todas las direcciones el territorio departamental; red de ríos, arroyos, zanjones, y manantiales, presidida por el Cuñapirú velan por el sostenimento de la vida a través del agua. Posee un régimen de lluvias regular, pese al cambio climático. Y últimamente, el 10% del territorio cubierto de montes naturales y exóticos, purifican el aire, devuelven, el agua que consumen, en humedad y oxígeno a la atmósfera promoviendo los ciclos naturales de la existencia.
La propia existencia de la comunidad urbana Rivera – Livramento, no es tampoco casual. Los pioneros, en el siglo XIX, lo primero que atendieron fue al suministro de agua potable, limpia y abundante, sin ella era imposible la civilización. Las "Bicas", los manantiales del Cerro del Marco, poseían la magia de quien toma de su agua, "fique", quede. Hoy sabemos que son afloraciones del acuífero Guaraní, de donde se saca casi el 100% del agua consumida por los casi doscientos mil habitantes de ambas ciudades. Al contrario de lo que ocurre en Canelones y Montevideo, el consumo de agua de los fronterizos no depende de hechos fortuitos como las sequías.
Pese esa riquezas de recursos, especialmente el Rivera rural, como el resto del país, padece en forma crónica, cada tanto, los extremos de las sequías y las inundaciones. En una próxima entrega consignaremos datos científicos divulgados por Naciones Unidas que ratifican aquellos conceptos acerca de la importancia vital del agua.