“Rescate el principio de la religación: todos los seres, especialmente los vivos, son interdependientes, y por eso tienen un destino común. Deben convivir fraternalmente entre sí.
Valore la biodiversidad y a cada ser, vivo o inerte, pues todos tienen valor en sí mismos, independientemente del uso humano” - Leonardo Boff
Valore la biodiversidad y a cada ser, vivo o inerte, pues todos tienen valor en sí mismos, independientemente del uso humano” - Leonardo Boff
El arroyo Cuñapirú con sus 120 kilómetros de extensión, fue, es y seguirá siendo la columna vertebral de la naturaleza y la vida del departamento de Rivera. Es parte sustancial de la comunidad. Nuestra historia es su historia. Junto a sus montes y picadas son parte sustancial del folklore y la cultura popular.
Ha suministrado durante siglos el agua imprescindible para el desarrollo de la vida. No solo la vida surgida en sus márgenes, quizás en tiempos prehistóricos, junto con él, sino la de los seres humanos y de todos aquellos seres vivos, vegetales o animales, que unidos por misteriosos lazos de solidaridad han trabajo para producir la cultura existencial necesaria.
Ninguna especie vegetal o animal, del centenar domesticadas (hortalizas, cereales, frutas, bovinos, equinos, ovinos, aves, peces, etc) dejó de ser alimentadas, cuidadas y protegidas por las aguas del modesto pero generoso Cuñapirú.
Sus aguas, en confraternidad inteligente y maravillosa con el ser humano y la madre tierra han producido los millones de ladrillos que hoy conforman el denso entramado de casas y edificios de la ciudad. Desde el fondo de nuestra historia el Cuñapirú está presente en el producto de miles de “oleros” o de centenares de modestos techos construidos con el desmelenado de sus pajonales.
Gracias a sus aguas, nuestro arroyo epónimo durante casi todo el siglo XIX, padece desde hace poco más de cincuenta años, del olvido de sus hijos y de la subestimación de las autoridades conductoras del departamento.
En gran parte de su extensión bordea el área sureste de recarga del Acuífero Guarani. Tiene origen en el mismo, en la Cuchilla Negra, su caudal es fundamentalmente pluvial. En su márgenes se ha desarrollado la comunidad riverense y sus aguas movieron las turbinas de la primera represa hidroeléctrica de América Latina, en el siglo XIX.
El sistema capitalista, individualista y salvaje, generaliza el olvido y la subestimación, y perpetra el crimen histórico y sistemático del Cuñapirú. La sociedad de consumo lo ensucia y contamina depositando toneladas de residuos tóxicos. Los plásticos, neumáticos, latas y todo tipo de basura se han sembrado en toda su extensión, destruyendo todas las expresiones de la vida.
Con ingratitud asombrosa y egoísta, los riverense mal tratamos al Cuñapirú con total desprecio de las leyes de la vida, aún la propia. Debemos revertir el mal trato, volviendo al “principio de la religación” evocado en acápite por el teólogo Leonardo Boff, entendiendo asimismo, que “por más problemas que surjan, la democracia sin fin es siempre la mejor forma de convivencia y de superación de los conflictos; democracia a ser vivida en la familia, en las relaciones sociales y en la organización del estado” como sentencia el propio Boff.
Aconseja el teólogo, hablar “con frecuencia en casa, con los amigos, con los vecinos de su edificio y de la calle, sobre cuestiones ambientales y sobre nuestra responsabilidad sobre el bien de los seres humanos y del planeta”.
Para promover este cambio de cultura ciudadano, Boff sugiere: “Reducir, reutilizar, reciclar, rearborizar, rechazar (la propaganda exagerada), respetar y responsabilizarse: estas 7 erres nos ayudan a ser responsables frente a la escasez de bienes naturales, ...”. Asimismo entrega los diez preceptos ecológicos elaborados hace cien años por el popular padre Cícero del Nordeste de Brasil:
“-No tale el bosque, ni siquiera un árbol.
-No prenda fuego en el campo de cultivo, ni en el yermo.
-No cace más, deje que los animales vivan.
-No críe al buey ni al chivo sueltos: haga cercas y deje que el pasto descanse para que pueda rehacerse.
-No plante encima de la sierra, ni siegue en una ladera muy inclinada, deje que la vegetación proteja la tierra para que el agua no la arrastre y pierda su riqueza.
-Haga una cisterna en su casa para guardar el agua de lluvia.
-Represe los riachuelos de cien en cien metros aunque sea con piedra suelta.
-Plante cada día por lo menos un árbol hasta que todo sea un vergel, completamente verde.
-Aprenda a sacar provecho de las plantas propias del campo.
- Si la gente del campo obedece estos preceptos, la sequía se irá acabando, el ganado mejorando y el pueblo tendrá que comer. Pero si nos los obedece, dentro de poco todo el campo se convertirá en un desierto.”
Seguramente, lo expuesto no serán las únicas voces que nos permitirá revertir esta cultura del mal trato, pero cada día es más evidente la necesidad de parar abruptamente ese crimen que permanentemente perpetramos contra nuestro Cuñapirú.
“Estas prácticas, - las aconsejadas por el padre Cícero - nos dan la esperanza de que los dolores actuales no sean de muerte, sino de un nuevo nacimiento. La vida tiene que triunfar” dice el sacerdote brasileño.
El Cuñapirú es nuestra principal reserva ecológica y energética. Su dragado, además de impedir las inundaciones, recuperará en varios tramos el transporte fluvial; sus aguas limpias podrán producir energía eléctrica otra vez como en el siglo XIX y canalizadas irrigar praderas de hortalizas y cereales. Será parte de nuestra mejor historia como comunidad y de que la vida debe triunfar.